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Bonoloto





Contenido



Historia

En la Bonoloto, al igual que en la Primitiva, el participante escoge seis números, más un complementario además del reintegro, números que se extraen de diferentes bombos. El sorteo se realiza de lunes a viernes exceptuando el jueves y su precio mínimo es de 1 euro, variando según la cantidad de apuestas que se quieran realizar. La Bonoloto nació en 1988 y desde entonces se ha celebrado ininterrumpidamente hasta el día de hoy.

Jugar gratis a la Bonoloto

La BonoLoto surgió a finales de los años 80 y siempre ha tenido una muy buena acogida. La evolución de los juegos de azar ha ido en consonancia con la de la sociedad.

Todo comenzó a modo de diversión e incluso de evasión de los problemas. El ser humano creó diferentes juegos prácticamente desde sus comienzos.

En el Egipto faraónico, por ejemplo, los juegos estaban limitados a las clases más altas. El Senet fue uno de los más famosos y se considera el precedente de las damas y el ajedrez. Podemos ver una muestra de él en la película “los Diez Mandamientos” sonde Seti y Nefertari juegan una partida. Los juegos cobraron tanta relevancia tanto que se convirtieron en una fase más del ritual funerari. Esa es la razón de que aparezcan en inscripciones jeroglíficas y en el Libro de los Muertos. Los dados, en cambio, considerado ya un juego puramente de azar, fue conocido en la época ptolemaica y se jugaba prácticamente como hoy en día, se tiraban y su valor dependía del lado del que cayeran. Otro de los divertimentos que cobraron fuerza fue el Juego de la Serpiente similar al de la Oca.

En Grecia, los dados también se introdujeron rápidamente. Por ejemplo Homero los cita en la “Odisea” cuando se tiran ante la puerta del Palacio de Ulises en Ítaca.

Ya en la Época Medieval, los juegos de azar tuvieron especial importancia aunque con ciertas distinciones. Así como los dados eran jugados por el vulgo y no gozaban de buena reputación, el ajedrez era considerado un juego apto para personas con lucidez mental e inteligencia.

En la actualidad perdura una clasificación de juegos: azar, estrategia de rol…pero, al contrario de lo esperado, los de azar son los que han conseguido tener una mayor presencia ya que, a veces se asocian a eventos deportivos convirtiéndose en apuestas, o siendo sorteos donde influye puramente el azar.

Este es el caso de la BonoLoto. Este sorteo nació en 1988 y desde el principio se posicionó junto a la Lotería primitiva ya que su precio, 1 euro, hace que esté al alcance de todos los bolsillos. El bombo contiene cuarenta y nueve bolas y seis son las elegidas para la combinación ganadora. A éstas se les une una bola más que se extrae como número complementario. Ya de otro bombo, una bola final da el número del reintegro, completando así el sorteo.

Junto con la Primitiva y el Euromillones, la BonoLoto permite jugar a múltiples, con lo que aumenta las posibilidades de éxito.

En sus inicios, el sorteo de la BonoLoto se efectuaba los domingos, lunes, martes y miércoles. Hoy en día se mantienen los cuatro días pero son de lunes a viernes, exceptuando el jueves.

El premio mayor que ha otorgado la BonoLoto es de más de siete millones de euros y tuvo lugar en 1990 con un único acertante.



Curiosidades

La historia de la Bonoloto está llena de curiosidades desde su aparición el 28 de febrero de 1988. Un premio cuya mayor retribución superó los 7 millones de euros y que goza de un gran seguimiento entre la ciudadanía española.

Lo que mucha gente no sabe es que los orígenes de la Bonoloto surgieron por la necesidad de ocupar los días en que no había sorteo de la primitiva.

El curioso caso del 5
Como no podía ser de otra manera, el azar ha marcado la historia de este juego. Pero que la suerte es algo caprichosa parece demostrarlo la gran aparición de algunos números y la baja presencia de algunos otros.

Entre estos números malditos encontramos al 5, que llegó a estar nada más y nada menos que 83 sorteos sin aparecer. Además, la leyenda negra que persigue a esta cifra lo convierte en el número que menos veces ha salido en toda las historia de la Bonoloto, pues tan solo ha aparecido en 422 sorteos.

El caso del 5 no acaba ahí, ya que este número comparte junto con el 0 y el 8, el dudoso honor de ser la terminación que menos alegrías ha dado a los jugadores de este premio.

El 2 es el que reparte más suerte
Igual que la fortuna parece haberse cebado con el 5, hay otros números que cuentan con una importante reputación ganada a pulso durante la historia de la Bonoloto, por su capacidad para repartir dinero.

El 2 es el número que más veces ha caído del bombo. En 502 ocasiones esta cifra a bendecido a sus portadores con alguna alegría o al menos la emoción de contar con él en sus boletos. Lo que no deja de ser curioso ya que está demostrado que los números impares son más propensos a entrar en escena que los pares.

Sin embargo, más allá de esas estadísticas en contra de los números pares, el 2 se confirma como el rey de la Bonoloto, pues también es la cifra que más veces ha aparecido.



Relatos

¿Qué pasó ante la Administración de Lotería Número 3?
A las tres de la tarde del jueves, Fernando Padilla, sacerdote de un barrio de la gran ciudad se desmayó delante de la Administración de Lotería Número 3.

El hecho de que Fernando Padilla fuera miope no nos dice mucho. El hecho de que Helena Aldivar fuera bonita y alegre, y el que tuviera un gran éxito entre los jóvenes del pueblo tal vez era más determinante para que Fernando jamás se atreviera a invitarla a salir.

Caminaba de vez en cuando por lugares no transitados. Huía de la muchedumbre y se sobresaltaba al menor ruido. Muchos jóvenes habían abandonado aquel lugar retirado en mitad de una sierra para ir a la ciudad. Sin embrago Fernando se resistía a dejar el único hogar que conocía.

Jamás se hizo de notar, nunca se atrevió a preguntar en clase; sufría lo indecible en los exámenes orales, y se ruborizaba enormemente si algún mayor le dirigía la palabra. Fernando vivía y estaba agotado de vivir. Lo educaron para ser obediente, estudió en un colegio de curas sólo para chicos y tanto antes como después del colegio ayudaba a su padre en el campo.

Nunca se atrevió a implicarse con nadie y así nunca nadie consiguió dañarle demasiado. Pero una primavera, cuando contaba con 19 años, encontró al cura del pueblo sentado en el salón de casa de sus padres.

El viejo vagón del viejo tren donde lo subieron chirriaba por todas partes. Fernando Padilla no habló en todo el viaje. No malgastó ni una sola palabra con su compañero de asiento. Ni siquiera apartó la mirada del ventanal a través del cual veía moverse el mundo a gran velocidad. No abrió la boca ni para dar el billete al revisor en mitad del viaje, y nadie sabría decir si se sorprendió al ver aparecer la gran ciudad tras una pequeña loma. Pues no dijo absolutamente nada.

El que la madre de Fernando quedará viuda recientemente y, el hecho de que su padre hubiera fallecido tan repentinamente había alterado el orden de las cosas en el mundo de aquel muchacho. Su tranquila vida en el pueblo que le vio nacer, trabajando en el campo y con Helena Aldivar como Señora de Padilla, se vino al traste, y se marchó con su progenitor hasta el más doloroso de los olvidos. Esto hizo sufrir a Fernando, más Fernando no hizo nada, no dijo nada.

La situación en su casa era delicada. Sin el sustento del padre era preciso evitar que la familia pasara penurias. Por eso una tía abuela de Fernando, la cual era muy rica, pensó que lo mejor para la familia sería ingresar al chico en un seminario y encomendarle a la vida eclesiástica. A cambio, la anciana asignaría una cantidad mensual de dinero a la familia con la que podrían vivir cómodamente. Fernando no quería ser cura. Quería trabajar la tierra, ver crecer la siembra y brotar los frutos que cuidaba, sin embargo nunca dio su parecer al respecto. Por el contrario, su vieja tía tendría la satisfacción de presumir ante sus amistades de tener un sobrino entregado a la causa de la santidad.

Pasaron los años, y Fernando se aclimató a la ciudad como bien pudo. No hablaba mucho, y desde que fue ordenado, tan sólo transitaba de casa a misa, de misa a casa y poco más En el vecindario del barrio donde asistía se le conocía como un hombre tosco y apocado. A pesar de llevar años en la iglesia del lugar nadie le conocía bien realmente. Era tal su falta de adaptación que aún teniendo una edad muy avanzada seguía haciendo las labores de simple ayudante del otro sacerdote de la misma iglesia.

Una noche sonó el timbre de la pequeña habitación donde vivía. Era un pequeño cuarto que estaba en los locales que la iglesia tenia justo al lado del templo. Era una estancia desastrosa, con desconchados en las paredes, y una cama con un colchón lleno de bultos. En verano hacia mucho calor y en invierno mucho frío. Pero esto no era culpa de nadie, pues Fernando nunca dijo nada al respecto. De haberlo dicho, seguramente se hubiera ahorrado pasar estas dificultades. Fernando lo sabía, pensaba en esto y suspiraba en sueños, cuando el timbre volvió a sonar y lo despertó. Fernando se despertó perezosamente, miro su reloj, que le marcó las 3 de la mañana, y se acercó al telefonillo para ver quien llamaba.

Frente a la cama de aquel hombre, Fernando Padilla se sentía pequeño e intimidado. Como no pudieron encontrar al otro cura del barrio le tocó a él dar la unción de enfermos. El hospital, los familiares, los médicos, todo le asustaba, se asió a su Biblia y realizó todo aquello que le habían enseñado. En agradecimiento el difunto, casi más en otro sitio que en este mundo le confío la combinación de la Bonoloto a la que siempre jugaba. El cura lo tomó como desvaríos de una persona moribunda y le prometió que seguiría jugando con aquellos números.

El hecho de que Fernando Padilla hubiese hecho esa promesa atormentaba enormemente su alma. Por un lado, el cura deseaba llevar a cabo su promesa, y lo intento durante varios días, pero se echaba atrás cuando veía a tanta gente en la Administración. Además, él nunca había apostado y no se atrevía a enfrentarse a aprender ahora. La noche del miércoles la pasó en vela pensando en que haría y al fin se decidió a probar a jugar. Se sentaría en un banco de la plaza donde está la administración y esperaría que ésta se quedara vacía para entrar.

Al día siguiente caminó lentamente hacía la plaza y aquel banco que le serviría para esperar pacientemente, repitiéndose los números para no equivocarse si se ponía nervioso. Cuando llegó se sentó y clavó su mirada en la puerta del local que debía vigilar. Esperó a que no quedará nadie. No debieron pasar más de diez minutos cuando el lugar quedo vacío. Se puso en pie, apretó las manos y se acercó decidido a entrar. Pero no pasó de la puerta, pues Fernando Padilla, sacerdote de un barrio de la gran ciudad se desmayó ante la Administración de Lotería Número 3. En la puerta de ésta figuraba la combinación ganadora del sorteo de Bonoloto de la noche anterior; y Fernando conocía esos números.

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